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Afortunado soy de que algun@s presten atención, a este humilde bohemio y soñador que divaga entre sentimientos pensados

lunes, 4 de marzo de 2013

En la mente del asesino de la cuerda

Empezaré a ir colgando escritos míos, poemas, relatos... Espero sea de vuestro gusto.
Comienzo con éste.


Paseo en la penumbra de la noche, la cual se ha enquistado en mi mente perturbada. Para mi, todo es oscuridad y siento el extraño deber satisfactorio de llevar la oscuridad a los seres bellos que a mi paso me encuentro, por estas las calles de mi ciudad. Me dedico a apagar el brillo de las almas cándidas  mujeres bellas, jóvenes y llenas de vida, que me hacen llegar al éxtasis al arrebatárselas, al sentir en mis manos como se evapora sus consciencias. Yo, mi fuerza y mi cuerdecita fina y mortal... segadora de cuellos.

Mi objetivo esta noche, es el paseo de los tristes. Escondido tras las calles empedradas, en armonía con el silencio estremecedor, fiel compañero y aliado mio. Aqui me hallo, en un callejón sombrío... oscuro de vida, en mi hábitat. Respiro suavemente, ansioso porque aparezca mi víctima de esta noche. ¿Una jovencita despechada, quizás?, de esas que discuten con el novio y sale a toda prisa inmersa en su trágico llanto... oh, sí. Que placer aquel que acompaña, el segar una vida ataviada por la belleza de sus lágrimas, de sus llantos de desamor... apagando sus ojos con mi devastadora fuerza animal avivada en rabiosa excitación.


Cuanto poder siento, este de quitar vida... pues es mayor incluso que el de crearla. Me siento como un Dios al desatar mis instintos de cazador y verdugo, yo decido... yo, quién deja este estrepitoso mundo, a quien se les acaba las oportunidades, sus minutos de existencia terrenal... oh, sí.

He perdido ya la cuenta de cuantas jóvenes bellas han pasado por mis manos. No necesito poseerlas carnalmente, no necesito acariciarlas, ni besarlas... mi erótica yace en disponer de sus últimos gemidos de vida, de los últimos latidos de sus corazones... del ahogo en mis manos.

Ahí aparece, tan sola... tan frágil... tan desvalida. Camina apresurada, temblorosa en su marchar... cual conejito que sale al campo, observando a su paso con cautela la posible presencia del lobo. Pobre... no sabe que le quedan a penas minutos, segundos tal vez. Mañana veré en el periódico o en las noticias, la apenada historia de su muerte sin resolver. Todo el mundo se apena, todo el mundo se acuerda de ellas... pero ¿dónde están ellos ahora? ¿por qué las dejan a mi merced?
Divina providencia la mía, la de juez y verdugo ser.


Imagen que ilustra el texto es de autoría desconocida y publicada en la red

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